“Aquel día, ella debía tener unos 8 años, y entonces no comprendía muy bien porque la vida nos pone obstáculos y es cruel, separándonos a veces de aquellas personas a las que más queremos...
Ella no comprendía por qué su padre se había marchado a otra ciudad. “Por trabajo” le decía su madre, pero ella no entendía…
Pasaron los años y la pequeña sólo veía a su padre una vez al mes, en el mejor de los casos, pero cuando estaban juntos era especial, eran uña y carne, no existía en el mundo una relación tan hermosa como la que Elena, que así se llamaba, tenía con su padre, Gustavo.
Ella era una niña a la que le encantaba todo tipo de deportes. Su padre no se perdía un solo partido de fútbol, una sola salida a navegar, ni una sola manga de sus campeonatos de surf cuando él volvía de Barcelona, ciudad en la que éste vivía.
Él lo dio todo por ella. Cualquiera hubiese dicho que aquella niña que crecía a un ritmo fugaz se había creado sin padre. Pero no era el caso de Elena. Ella sabía que cualquier problema se lo contaría a su padre por medio de las numerosas cartas que se mandaban, con una simple llamada de teléfono…
A día de hoy, en una caja forrada de papel azul, guardada encima del armario, se encuentran aún esas cartas en las que cada letra, cada punto, cada coma, cada detalle expresaba amor… Elena aprendió a redactar gracias a las cartas que escribía a su padre.
No fue fácil para ninguno de los dos llevar ese nivel de vida, de hecho, nunca se acostumbraron. Lo más probable es que fuese más duro para él, que tuvo que dejar atrás no solo las 3 personas que más quería en el mundo, sus dos hijas y su mujer, sino también a sus hermanos, su madre, sus amigos…
Esa niña era yo.
Me inculcaste sabiamente los valores más importantes que he aprendido en la vida. Gracias a ti aprendí a ver la música de otra forma, educando mi oído, conseguiste que fuese una buena deportista, cuando en un primer momento parecía que iba por el mal camino, conseguí salir adelante y fuiste comprensivo en todo momento.
A 1000 Km. de distancia pero siempre supe que estabas ahí, a una llamada de teléfono, a un email, a una carta… Nunca fue un problema la distancia para que yo mantuviese la alegría, el cariño, la adoración, la esperanza, la honradez, la ilusión porque vuelvas a casa siempre que sea posible.
No he conocido nunca a nadie en mi misma situación, pero me da igual, estando aquí o en Barcelona has sido el mejor padre que he podido tener. Y sé que vas a leer todo esto. Porque es mi felicitación de cumpleaños desde la “distancia”. Esa distancia que ambos sabemos que en realidad es simplemente cuestión de lugar, porque espiritualmente (y aunque suene raro) estuvimos siempre unidos.
Si he dado gracias a Dios por darme una madre como Feli, también tengo que agradecerle que me haya tocado tenerte como padre, por heredar tanto habilidades tuyas, como prácticamente mi físico en si (quién diga que no me parezco a ti es porque necesita cambiar la graduación de sus gafas…)
Creo que nunca llegarás a darte cuenta de la cantidad de cosas que he aprendido de ti, de todo lo que has influido en mí, de todo lo que me has enseñado, de tus gustos, todo… Con intención o no, muchas cosas vienen del ADN, los ojos, el pelo… Pero otras no.