Era Febrero. La lluvia mojaba todo lo que estaba a su alcance. En un salón muy acogedor se encontraba una familia, viendo una de las míticas películas de Indiana Jones.
Sonó el timbre. La madre se levantó para abrir la puerta. Al otro lado esperaba una mujer de estatura media, con gafas y pelo negro bastante descuidado. Llevaba una falda larga aunque no lo suficiente como para cubrir unos zapatos marrones que por su aspecto debían ser bastante viejos. En su regazo, la mujer llevaba un perro del tamaño de su mano, con el pelo rizado y negro. El cachorro tenía una mancha blanca en el pecho y temblaba sin parar. Maca, la pequeña de las hermanas, se sobresaltó cuando lo escuchó llorar. Fue corriendo hacia la puerta, lo miró y de sus ojos cayó una inocente lágrima. Pues sin que ella pudiese imaginarlo, ese perro la acompañaría durante los siguientes trece años de su vida.
Sonó el timbre. La madre se levantó para abrir la puerta. Al otro lado esperaba una mujer de estatura media, con gafas y pelo negro bastante descuidado. Llevaba una falda larga aunque no lo suficiente como para cubrir unos zapatos marrones que por su aspecto debían ser bastante viejos. En su regazo, la mujer llevaba un perro del tamaño de su mano, con el pelo rizado y negro. El cachorro tenía una mancha blanca en el pecho y temblaba sin parar. Maca, la pequeña de las hermanas, se sobresaltó cuando lo escuchó llorar. Fue corriendo hacia la puerta, lo miró y de sus ojos cayó una inocente lágrima. Pues sin que ella pudiese imaginarlo, ese perro la acompañaría durante los siguientes trece años de su vida.